¿Es Trump el Mijaíl Gorbachov de EE.UU.? – Alguien se lo preguntaba hace unos días al comparar lo que ocurrió con la Unión Soviética con lo que está ocurriendo con Estados Unidos de América. Los desmoronamientos institucionales internos son similares.
Y aunque la apariencia desde el exterior da la impresión de que EE.UU. es un país que ejerce su poder con creciente unilateralismo autoritario, lo cierto es que al interior se ha incubado una fuerte división ideológica polarizadora —comparable, en intensidad, aunque no en forma, a la que fracturó a la URSS en sus años finales.
Porque mientras algunos analistas sólo atienden los resultados de sus campañas en el exterior, pocos se fijan en lo que ocurre en el interior del país. Hay un debilitamiento sostenido de la industria productiva —fenómeno documentado desde los años ’80 y acelerado por la desindustrialización de las últimas décadas— y una creciente tensión comercial con China que incluye bloqueos arancelarios a sus productos agrícolas. La industria más próspera sigue siendo la del armamento, que resulta cara para el presupuesto nacional: EE.UU. gasta más en defensa que los nueve países siguientes combinados, (China, Rusia, Alemania, India, Reino Unido, Arabia Saudita, Ucrania, Francia, Japón), en una dinámica de sobre-extensión imperial que el historiador Paul Kennedy ya describió en 1987 como el patrón clásico del declive de las grandes potencias.
Entonces la respuesta es no, porque las personalidades y las estrategias son materialmente distintas: la Perestroika y el Glasnost —reformas deliberadas de apertura y transparencia, cuyo alcance real y motivaciones profundas siguen siendo objeto de debate histórico— no tienen equivalente en la estrategia trumpista, que es de pura agresión coercitiva y transaccionalismo, sin marco institucional ni principios éticos. Por otro lado, en la anterior URSS, Gorbachov no perdió la dignidad, aunque muchos ex soviéticos lo acusan de traidor. Trump, en cambio, con sus evidentes contradicciones y su estilo de poder basado en la lealtad personal antes que en la institucionalidad, ha erosionado su propia autoridad moral, sosteniéndose en la adhesión emocional de su base y en el peso de las estructuras del Estado.
Sin embargo, los resultados van siendo similares en un punto específico: ambos procesos expresan una crisis de legitimidad de la potencia hegemónica de su época. Y aunque los personajes son radicalmente distintos, en ambos casos —primero la URSS y ahora EE.UU.— se observa una fractura del consenso interno, el deterioro de la industria productiva y una pérdida de credibilidad internacional que ningún arsenal puede compensar del todo.
La pregunta real no es si EE.UU. cae, sino en qué se convierte
Conviene precisar, no obstante, que EE.UU. conserva ventajas estructurales que la URSS nunca tuvo: el dólar como moneda de reserva global, una red de alianzas consolidada y un enorme poder cultural proyectado al mundo. Su declive, si ocurre, será más lento y más complejo que el soviético. Sin embargo, podría acelerarse por la caída del peso específico del dólar forzada por las nuevas potencias hegemónicas, que han decidido comerciar al margen de esta moneda.
¿Así terminan las potencias? La historia sugiere que mutan: ceden la hegemonía y se reorganizan en torno a un poder más acotado, pero más sostenible. La pregunta real no es si EE.UU. cae, sino en qué se convierte. ¿Podría volver a convertirse en una potencia industrial civil?
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