#Política

El MIR y la memoria: resignificar una experiencia para pensar el presente.

Compartir

La historia de los pueblos no se construye únicamente desde las victorias. También se forja en las derrotas, en las experiencias interrumpidas y en aquellas memorias que el poder intentó convertir en silencio. En ese lugar se encuentra el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), organización fundada en 1965 que marcó intensamente la historia política y social de Chile. Su trayectoria fue fuertemente fracturada por la dictadura civil-militar, que persiguió a sus militantes mediante la prisión política, la tortura, la desaparición forzada y el asesinato. Sin embargo, aquello que buscó ser borrado continúa interpelando al presente.

Mirar hoy al MIR exige abandonar dos caminos igualmente insuficientes: la idealización romántica y la condena simplificadora. Ambas impiden comprender la densidad histórica de una organización que nació al calor de las profundas desigualdades sociales del país y de una época en que amplios sectores populares aspiraban a transformar estructuralmente las relaciones de poder. Su experiencia solo puede entenderse desde las condiciones concretas de su tiempo, cuando las demandas por justicia social desbordaban los márgenes institucionales y la organización popular aparecía como una posibilidad real de construir otro horizonte histórico.

Uno de los mayores aportes del MIR fue comprender que la política no podía reducirse al ejercicio electoral ni a la administración del Estado. La transformación social debía construirse desde abajo, fortaleciendo la organización de trabajadores, pobladores, estudiantes y campesinos. Allí radicó una de sus contribuciones más significativas: reconocer a los sectores populares como sujetos de la historia y no como simples destinatarios de políticas públicas o de discursos emancipadores.

Esa perspectiva dialoga profundamente con la Sociología de la Liberación. Como sostuvo Orlando Fals Borda, el conocimiento adquiere sentido cuando emerge desde las experiencias de quienes viven las desigualdades y buscan transformarlas colectivamente. De manera semejante, Ignacio Martín-Baró insistía en que la memoria constituye un acto de liberación porque permite recuperar la voz de quienes fueron históricamente silenciados. Ambas perspectivas invitan a comprender que la historia no pertenece únicamente a los vencedores, sino también a quienes, aun derrotados políticamente, dejaron enseñanzas capaces de trascender su tiempo.

Su principal herencia se encuentra en la convicción de que la organización colectiva constituye una condición indispensable para ampliar la democracia. En una sociedad atravesada por el individualismo, la competencia y la fragmentación de los vínculos sociales, aquella experiencia recuerda que la participación ciudadana requiere comunidades capaces de construir confianza, solidaridad y proyectos compartidos.

Naturalmente, resignificar esta historia implica reconocer también sus tensiones y limitaciones. La memoria democrática no consiste en transformar el pasado en un espacio intocable, sino en analizarlo con honestidad intelectual. Solo así es posible aprender de la experiencia sin convertirla en un ejercicio de repetición.

La dignidad, la justicia social y la democracia siguen dependiendo de la capacidad de los pueblos para organizarse, pensar críticamente su historia y convertir la memoria en una herramienta de futuro

En este punto, la reflexión de Enrique Dussel adquiere una vigencia particular. La liberación no es la repetición de fórmulas heredadas, sino la capacidad de responder éticamente a los desafíos concretos de cada época. Esa idea permite comprender que el MIR pertenece a un contexto histórico irrepetible, pero que muchas de las preguntas que impulsaron su surgimiento permanecen abiertas: la desigualdad, la concentración del poder, la exclusión de amplios sectores sociales y la necesidad de fortalecer formas democráticas de organización popular.

La dictadura intentó destruir no solo una organización política, sino también una cultura de solidaridad y compromiso colectivo. Sin embargo, cada investigación histórica, cada testimonio y cada ejercicio de reconstrucción de la experiencia popular constituye una forma de disputar el sentido del pasado frente a quienes pretendieron clausurarlo mediante el terror.

A más de sesenta años de su fundación, el MIR continúa generando debates porque representa mucho más que una organización política. Es parte de la memoria de un país que aún busca comprender sus fracturas y reconstruir los vínculos que la violencia intentó quebrar. Rescatar esa experiencia no significa trasladarla mecánicamente al presente. Significa reconocer que las sociedades necesitan memoria para no naturalizar la injusticia y organización para enfrentar colectivamente sus desafíos.

La dignidad, la justicia social y la democracia siguen dependiendo de la capacidad de los pueblos para organizarse, pensar críticamente su historia y convertir la memoria en una herramienta de futuro. Porque cuando la memoria deja de ser únicamente recuerdo y se transforma en conciencia, comienza también a convertirse en una forma de liberación.

0

Los contenidos publicados en elquintopoder.cl son de exclusiva responsabilidad de sus respectivos autores.
Te invitamos a conocer nuestras Reglas de Comunidad

Comenta este artículo

Datos obligatorios*