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Lucía Sepúlveda Cornejo: la memoria de una profesión

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Hay vidas profesionales que pueden explicarse por los cargos que ocuparon, las instituciones que dirigieron o los espacios en los que participaron. Hay otras, en cambio, cuya trayectoria solo puede comprenderse a la luz de la historia que les tocó vivir. La de Lucía Sepúlveda Cornejo pertenece a estas últimas. Su nombre forma parte de la memoria del Trabajo Social chileno porque su recorrido profesional se halla ligado a las transformaciones que experimentó la profesión durante la segunda mitad del siglo XX.

Recordarla no es solo reconocer a una asistente social, a una docente o a una dirigente gremial. Es recuperar una forma de comprender el Trabajo Social cuando la profesión comenzaba a abandonar una mirada centrada en la asistencia para asumir una mirada crítica de las condiciones sociales, políticas y económicas en que transcurría la vida de las personas. Lucía perteneció a una generación que entendió que el Trabajo Social no podía permanecer al margen de los procesos históricos que atravesaban al país.

Durante los años de expansión de las políticas sociales, de organización popular y de las transformaciones, desarrolló un trayecto vinculado al trabajo comunitario y a la salud. Formó parte de ese momento histórico en que las y los trabajadores sociales comenzaban a interrogarse por el sentido mentado de la intervención y por la responsabilidad de la profesión frente a las desigualdades. No se trataba solamente de atender necesidades: se trataba de comprenderlas en su origen y de reconocer a quienes las experimentaban como sujetos sociales.

No es casual, que durante los años de la Reforma Universitaria asumiera la dirección de la Escuela de Servicio Social de la Universidad de Chile. Entre 1969 y 1973, estuvo al frente de una institución profundamente vinculada con los debates que recorrían al país. La Escuela no estaba apartada de aquella efervescencia: formaba parte de una universidad que discutía sus propias estructuras y de una sociedad que comenzaba a imaginar nuevas formas de democracia, participación y transformación social.

La dictadura no interrumpió solamente un proyecto político. Intentó romper instituciones, trayectorias, organizaciones y memorias. El Trabajo Social fue claramente afectado. La Escuela de Servicio Social de la Universidad de Chile fue cerrada, académicos y estudiantes fueron perseguidos y numerosos profesionales y estudiantes fueron asesinados o continúan hasta hoy como detenidos desaparecidos. Lucía Sepúlveda conservó la memoria, en su caso, no fue una abstracción: tuvo nombres, rostros, documentos y ausencias.

Sin embargo, la dictadura no logró destruir aquello que estaba profundamente instalado en la identidad profesional: la decisión de permanecer junto a quienes vivían las consecuencias de la exclusión, la pobreza y la violencia. Durante esos años, el Trabajo Social tuvo que reinventarse en condiciones hostiles. Se redujeron espacios institucionales, cambiaron las formas de intervención y la práctica profesional quedó sometida a nuevas restricciones. Pero allí donde las instituciones eran silenciadas, surgieron otras formas de acompañar, organizar, registrar y proteger.

Por eso su trayectoria no puede dividirse entre un antes y un después de 1973. Hay una persistencia profunda: la defensa de la profesión comprometida con la realidad y con los sujetos que esa realidad golpeaba. En tiempos dictatoriales, esa concepción adquirió además una dimensión ética y política ineludible. Ejercer la profesión significó muchas veces sostener vínculos allí donde el miedo buscaba quebrarlos, preservar memoria donde se imponía el silencio y acompañar a quienes enfrentaban situaciones de extrema vulnerabilidad.

Porque cuando desaparece una persona que pertenece a una generación fundadora, no desaparece simplemente una biografía

Con el retorno de la democracia, había que reconstruir instituciones, recuperar espacios académicos y restituir una dignidad profesional que había sido erosionada. En ese proceso, Lucía volvió a ocupar un lugar relevante. Su participación en la recuperación del rango universitario del Trabajo Social y en la reconstrucción de la formación profesional fue parte de una tarea mayor: devolver a la disciplina un espacio desde el cual pudiera pensarse a sí misma, formar nuevas generaciones y recuperar una historia que había intentado ser borrada.

La fundación de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, en 1992, constituye otro capítulo de ese recorrido. Allí continuó enseñando, formando profesionales y transmitiendo una concepción del Trabajo Social que no se agotaba en técnicas ni instrumentos, sino que encontraba su fundamento en la comprensión de la realidad.

Quizás por eso su libro Trabajando lo social adquiere un significado que excede el relato autobiográfico. Recordar se convierte allí en una forma de afirmar que las profesiones también tienen memoria, que los procesos históricos dejan huellas en sus instituciones y que aquello que alguna vez pareció perdido puede volver a ser recuperado.

Hoy, cuando la partida de Lucía Sepúlveda Cornejo nos enfrenta a una ausencia definitiva, estamos obligados a preguntarnos qué significa para el Trabajo Social chileno perder a una de sus figuras históricas. Porque cuando desaparece una persona que pertenece a una generación fundadora, no desaparece simplemente una biografía. Se va una forma de entender el compromiso, una explícita relación con la historia y una ética de la responsabilidad frente al otro.

Con la partida de Lucía Sepúlveda Cornejo se cierra un ciclo de lucha, compromiso y disposición hacia el otro. Otro se abrirá inevitablemente. La pregunta es si quienes estamos llamados a habitarlo tendremos las memorias, la convicción y la dignidad necesarias para estar a su altura. Y probablemente, para que se haga carne de nuevo, «¡Mejora, Callampa, Barrial… Escuela de Servicio Social!»

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