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Más allá del MIR: la vigencia de una cultura política popular.

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Toda experiencia política deja una huella. Algunas permanecen en las instituciones, otras en las leyes y muchas sobreviven únicamente en la memoria de quienes las vivieron. Sin embargo, existen experiencias cuyo mayor legado no se encuentra en sus estructuras organizativas, sino en la cultura política que fueron capaces de construir. Ese es, probablemente, uno de los aportes más significativos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Con frecuencia, la memoria del MIR queda asociada a la brutal represión que sufrió durante la dictadura civil-militar. Es una asociación inevitable. La prisión política, la tortura, las ejecuciones y la desaparición forzada marcaron profundamente a la organización y a cientos de familias chilenas. Esa violencia buscó eliminar personas, pero también borrar una determinada manera de comprender la política y la organización popular.

No obstante, limitar el recuerdo del MIR a la tragedia significa aceptar, aunque sea involuntariamente, parte del propósito que tuvo la represión. Si solo recordamos a sus militantes por la forma en que fueron perseguidos, dejamos en un segundo plano aquello que intentaron construir antes del golpe de Estado. Y precisamente allí se encuentra una de las reflexiones más necesarias para el presente.

El MIR fue parte de una generación que entendió la política como una práctica cotidiana. No redujo la transformación social a la competencia electoral ni al acceso al gobierno. Comprendió que las sociedades cambian cuando las comunidades desarrollan capacidades para organizarse, deliberar, educarse y actuar colectivamente. Esa convicción permitió fortalecer espacios de participación en poblaciones, sindicatos, universidades y organizaciones campesinas, donde la política dejaba de ser patrimonio de las élites para convertirse en una experiencia compartida.

Más que una estructura partidaria, esa práctica contribuyó a formar una cultura política. Una manera de entender la participación, la solidaridad y la responsabilidad colectiva. La organización territorial, la formación política, la discusión permanente y el compromiso con las necesidades concretas de las comunidades constituyeron dimensiones inseparables de esa experiencia. No eran actividades complementarias; eran el modo mismo de construir ciudadanía.

Vista desde el presente, esa experiencia adquiere un significado distinto. No porque las respuestas elaboradas hace seis décadas puedan trasladarse mecánicamente a la realidad actual, sino porque las preguntas fundamentales permanecen abiertas. La desigualdad continúa tensionando la convivencia democrática, las comunidades experimentan procesos de fragmentación y el individualismo debilita los vínculos colectivos. En ese escenario, la memoria deja de ser únicamente un ejercicio retrospectivo para convertirse en una herramienta crítica que permite volver a preguntarnos cómo se construye hoy una sociedad más justa.

La Sociología de la Liberación ofrece una clave particularmente fecunda para esta reflexión. No propone mirar la historia como una sucesión de derrotas y victorias, sino como un espacio donde las experiencias populares acumulan aprendizajes que pueden ser resignificados por nuevas generaciones. La memoria, desde esta perspectiva, no conserva únicamente acontecimientos; recupera capacidades colectivas, saberes organizativos y horizontes éticos que el poder nunca consigue eliminar completamente.

Si la memoria cumple alguna función pública, no es la de inmovilizar la historia, sino la de abrir nuevas posibilidades para el futuro

Quizás allí radique la principal enseñanza del MIR. No en la reproducción de una estrategia política propia de otro tiempo, sino en haber demostrado que los sectores populares pueden convertirse en protagonistas de su propia historia cuando desarrollan organización, conciencia crítica y proyectos compartidos. Ese aprendizaje trasciende cualquier organización específica porque pertenece, en definitiva, al patrimonio democrático de la sociedad.

Toda experiencia histórica posee límites y contradicciones. El MIR no constituye una excepción. Comprender su trayectoria exige un análisis crítico, capaz de reconocer tanto sus aportes como las tensiones que acompañaron su desarrollo. Sin embargo, el ejercicio de la crítica pierde profundidad cuando desconoce el contexto histórico desde el cual aquellas decisiones fueron tomadas. La historia no puede reducirse a un juicio retrospectivo; debe ser, sobre todo, una posibilidad de aprendizaje.

Quizás la resignificación más necesaria consista precisamente en desplazar el centro de la memoria. Recordar al MIR no solo por la violencia que padeció, sino por la cultura política que ayudó a construir. Porque antes de la persecución existieron comunidades organizadas, debates colectivos, procesos de formación, trabajo territorial y una profunda convicción de que la democracia debía expandirse hacia la vida cotidiana. Esa dimensión suele quedar eclipsada por el peso de la tragedia, cuando en realidad constituye su legado más fértil.

Rescatar esa memoria no significa proponer el retorno de una organización ni reproducir las respuestas del pasado. Significa reconocer que la democracia necesita ciudadanos capaces de organizarse, pensar críticamente su realidad y construir proyectos colectivos. Si la memoria cumple alguna función pública, no es la de inmovilizar la historia, sino la de abrir nuevas posibilidades para el futuro. Tal vez esa sea la herencia más profunda de la experiencia del MIR: recordarnos que las organizaciones pueden desaparecer, pero las culturas políticas que logran sembrar continúan habitando la memoria de los pueblos y reaparecen cada vez que una sociedad decide volver a creer en la fuerza de la organización, la solidaridad y la dignidad como fundamentos de la vida democrática.

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