En octubre del 2019 Chile dejó de parecer el país que había aprendido a convivir con sus desigualdades. Las calles cambiaron a espacios de encuentro, protesta y disputa. Millones articularon un malestar acumulado durante años. Salud, pensiones, educación, salarios, vivienda, endeudamiento y trato digno expresaron una misma sensación: vivir en una sociedad donde el crecimiento no siempre se traducía en bienestar ni oportunidades colectivas.
Pero hubo algo más profundo. El estallido permitió la aparición de un “nosotros”. Personas que vivían dificultades como problemas individuales comenzaron a reconocerse en experiencias compartidas. Las deudas dejaron de ser una dificultad familiar; las pensiones insuficientes como un problema privado; el acceso desigual a salud, educación o vivienda comenzó a entenderse como parte de una estructura social. La acción colectiva convirtió malestares dispersos en experiencia común.
Siete años después, esa dimensión exige reflexión. ¿Dónde quedó aquel nosotros? ¿Qué ocurrió con la capacidad de reconocernos como parte de problemas que no pueden resolverse individualmente? ¿Por qué aquella sociedad hoy parece más fragmentada y preocupada por su seguridad?
No se trata de idealizar el estallido. La movilización convivió con violencia, destrucción y graves atropellos que no pueden relativizarse. Pero reducir aquella experiencia a sus expresiones violentas tampoco permite comprender por qué reunió a sectores sociales tan amplios. La protesta fue, al mismo tiempo, conflicto y expresión de una ciudadanía que buscaba ser oída. La colectiva mostró una capacidad de organización que después perdió fuerza.
El proceso constituyente ofreció una salida institucional a la crisis, pero sus dos propuestas fueron rechazadas. La política volvió al centro, sin recobrar a la ciudadanía. Con el paso de los años, el conflicto político adquirió mayor presencia y desplazó parte de las demandas sociales que habían marcado ese octubre. La ciudadanía no dejó de reclamar, pero lo hizo desde otras preocupaciones y con mayor distancia de la política fundada.
Del mismo modo cambió el escenario económico. Chile conserva capacidades sustanciales, pero la discusión no puede reducirse al crecimiento. La cuestión sigue siendo cómo se distribuyen beneficios y qué posibilidades existen para construir proyectos de vida seguros. Cuando la vivienda, el empleo, las pensiones o la salud continúan generando incertidumbre, la promesa de movilidad social pierde fuerza.
El malestar colectivo parece haber sido reemplazado en parte por una intranquilidad particular: empleo, deudas, vivienda, familia e inseguridad. La incertidumbre beneficia el repliegue. Cuando cada persona debe resolver privadamente problemas colectivos, el espacio para la acción común se subyuga.
Quizás allí se encuentre una de las mayores diferencias entre el Chile de 2019 y el actual. Entonces, prevalecía la idea de que “esto nos pasa a muchos”. Hoy parece imponerse con mayor fuerza la sensación de que “cada uno debe arreglárselas como pueda”.
El desafío es rehacer ese “nosotros”: menos espontáneo, menos marcado por la crisis y más capaz de convertirse en organización, participación y acción colectiva
¿Es Chile un país peor que aquel que salió a las calles en octubre de 2019? La respuesta no puede ser absoluta. Existen aprendizajes y demandas que ingresaron al debate público. Pero tampoco sería correcto aseverar que las causas del malestar fueron resueltas. La desigualdad, la inseguridad económica, la precariedad y la desconfianza institucional continúan presentes y con mayor fuerza.
Tal vez el cambio se encuentre en el clima social. En 2019 prevalecían la indignación y la esperanza de que la acción colectiva pudiera abrir un nuevo horizonte. Hoy conviven cansancio, temor, polarización y una demanda fuerte por orden. Las preocupaciones cambiaron y la seguridad adquirió mayor centralidad. Pero que hayan cambiado las prioridades no significa que hayan desaparecido las preguntas de fondo.
La cuestión no es solo qué consiguió o perdió el estallido. ¿Podemos todavía reconocernos en problemas comunes? ¿Existe capacidad para reconstruir vínculos más allá de las identidades políticas y de las disputas? ¿Es posible recuperar una acción colectiva que no necesite de una crisis para manifestarse? Y, sobre todo, ¿podemos volver a pensar que la solución de nuestros problemas requiere más que esfuerzo individual?
Quizás su legado esté en esas preguntas. No en repetir octubre de 2019 ni convertirlo en una épica, sino en recuperar aquello que permitió comprender que esas experiencias no eran solamente individuales.
Una sociedad se fragmenta cuando deja de reconocerse en un ethos común. El desafío es rehacer ese “nosotros”: menos espontáneo, menos marcado por la crisis y más capaz de convertirse en organización, participación y acción colectiva.
A siete años de octubre, el desafío no es volver a 2019, sino preguntarnos si todavía somos capaces de construir juntos los espacios y relaciones sociales de un país diferente. El estallido concluyó. La pregunta por el nosotros, en cambio, continúa abierta.
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