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Miguel Enríquez Espinosa: volver a preguntarnos por el nosotros

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Hay figuras que pertenecen a su época y otras que, pese a los años, continúan inquietando al presente. Miguel pertenece a estas últimas. No porque sus respuestas políticas puedan trasladarse a la sociedad actual, ni porque sea necesario construir en su figura una memoria heroica. Su vigencia se halla en las preguntas que aún provoca: ¿Qué significa transformar una sociedad? ¿Cómo se construye un sujeto colectivo? ¿Qué lugar ocupa la organización popular?

Miguel fue uno de los fundadores del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), organización surgida en 1965 en un contexto marcado por profundas desigualdades, por la Guerra Fría y por el debate del cambio social. Su trayectoria estuvo marcada por una convicción: los sectores populares no debían ser considerados solo como destinatarios de políticas o como electores, sino como sujetos capaces de intervenir en la construcción de su propia historia.

Enríquez asumió la lucha armada como parte de su estrategia política. Rescatar su aporte no implica justificar todas sus opciones. Menos significa construir una semejanza entre el pasado y los desafíos del presente. Encarna algo más estricto: mirar con crítica esa trayectoria para descubrir qué preguntas siguen abiertas.

Una de ellas es la cuestión del poder. Enríquez no concebía la transformación social como un proceso limitado al cambio institucional. Su preocupación por la organización de trabajadores, pobladores y estudiantes enunciaba una concluyente comprensión de la política: el poder también podía construirse desde abajo, desde los territorios, de los espacios de trabajo y las organizaciones sociales. En esa perspectiva, la acción colectiva no constituía un episodio casual, sino una forma de construir capacidades sociales y políticas.

Frente a la represión y la destrucción del tejido social, el MIR optó por organizar la resistencia a la dictadura. Miguel murió un 05 de octubre de 1974, enfrentando a la represión institucional. Su muerte forma parte de la historia de una generación que asumió la resistencia en condiciones de extrema violencia y que pagó un costo humano que no puede ser separado del análisis de su trayectoria.

Pero ¿qué tiene que decirnos Miguel medio siglo después? Chile ya no es el país de los años sesenta y setenta. La sociedad cambió y la estructura económica se transformó y además las formas de participación. Sin embargo, persisten las desigualdades y los malestares que atraviesan la vida de amplios sectores de la población.

El estallido social de 2019 mostró que detrás de la aparente quietud existía un profundo malestar acumulado. Millones de personas salieron a las calles y transformaron experiencias individuales en demandas colectivas.

Pero aquel soplo también dejó una interrogante. La movilización fue capaz de articular un malestar transversal, pero no logró consolidar con la misma fuerza una organización que pudiera proyectar ese impulso. El “acuerpamiento” apareció con enorme ímpetu ocupando las calles y los espacios públicos para luego fragmentarse.

Por eso, recuperar la dimensión colectiva de la política constituye uno de los desafíos centrales del presente

Es aquí donde la figura de Miguel Enríquez consigue una dimensión actual. Su aporte no está en sus estrategias, imposibles de reproducir en el Chile actual, sino en su insistencia sobre la organización, la conciencia colectiva y la capacidad de los sujetos sociales para intervenir en la historia. Esa cuestión adquiere relevancia en una sociedad donde el individualismo ha penetrado las relaciones sociales.

Hoy, los problemas colectivos son dificultades personales. El endeudamiento, la precariedad, el acceso a la vivienda, las dificultades de la educación o la inseguridad frente al futuro suelen ser enfrentados individualmente. Más allá de organizar la economía, el mercado moldea cómo las personas evalúan sus vidas, imponiendo el riesgo de que todo se perciba como una responsabilidad individual.

Por eso, recuperar la dimensión colectiva de la política constituye uno de los desafíos centrales del presente. Y en esto la memoria de Enríquez puede ser provocadora. No porque debamos regresar al MIR, sino porque la provocación está en preguntarnos qué sucedió con nuestra capacidad para organizarnos, deliberar y construir proyectos comunes.

Conmemorar a Miguel hoy supone asumir esa tensión. Significa reconocer y preguntarnos por los sujetos colectivos capaces de disputar el rumbo de la sociedad. Quizás esa sea la razón por la que su nombre aún incomoda. Al presente, existe indignación, pero poca capacidad para transformarla en organización; mucha opinión, pero escasos espacios de deliberación; múltiples demandas, pero dificultades para convertirlas en un proyecto común.

La pregunta no debería ser si debemos retornar a Miguel. La pregunta es más profunda: ¿somos capaces de volver a construir un nosotros? No para regresar al pasado, sino para recuperar la posibilidad de construir nuevos sueños, nuevas esperanzas, nuevas colectividades y nuevas liberaciones.

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