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Militancia y proyecto: el impacto del MIR en el Trabajo Social chileno

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La Reconceptualización de la profesión constituyó un quiebre respecto del paradigma asistencial clásico, al cuestionar la neutralidad técnica y situar la intervención en el terreno de la lucha de clases (Netto, 1996). En Chile, este proceso coincidió con la reforma universitaria y con el gobierno de Salvador Allende (1970–1973), momento de expansión de la participación popular y de intensificación del conflicto social.

Diversos autores han señalado que la politización disciplinar no fue homogénea, pero sí significativa (Faleiros, 1983; Quiroz, 2003). En ese escenario, el MIR actuó como catalizador ideológico en espacios estudiantiles y territoriales, promoviendo una lectura estructural de la pobreza y una práctica profesional vinculada a la organización popular.

El Trabajo Social comenzó a pensarse como praxis transformadora, articulando intervención comunitaria, educación popular y análisis estructural. Esta perspectiva dialogaba con planteamientos marxistas que concebían el Estado como expresión de dominación de clase (Miliband, 1969), tensionando el lugar tradicional del profesional como ejecutor de políticas públicas.

1. El MIR y la politización del sujeto profesional.

El MIR no constituyó una corriente académica formal dentro de las escuelas de Trabajo Social, pero su influencia se expresó en la redefinición del sujeto profesional. La idea de que “no hay intervención neutral” se consolidó en la formación universitaria, especialmente en la Universidad de Chile.

En coherencia con su estrategia, el MIR impulsó el trabajo territorial en poblaciones, cordones industriales y espacios campesinos, promoviendo formas de organización autónoma. Esta orientación reforzó el desplazamiento desde el asistencialismo hacia el trabajo colectivo y la acción comunitaria.

Como ha planteado Garretón (2003), el período de la Unidad Popular generó una “hiperpolitización” de la sociedad chilena, fenómeno que atravesó también a las profesiones sociales. El Trabajo Social fue uno de los campos donde esa politización adquirió densidad práctica.

2. Represión y reconfiguración neoliberal.

El golpe encabezado por Pinochet Ugarte en 1973 produjo una ruptura estructural. La persecución sistemática contra el MIR por la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) implicó la desarticulación de redes militantes universitarias y profesionales.

La dictadura civil-militar no sólo reprimió personas; reconfiguró el campo disciplinar. Como ha señalado Moulian (1997), el régimen instauró una transformación estructural que combinó autoritarismo político con neoliberalismo económico. En el ámbito del Trabajo Social, ello significó:

  1. Retorno a enfoques tecnocráticos;
  2. Énfasis en la focalización y la gestión eficiente;
  3. Despolitización del discurso formativo.

La derrota del MIR y de la izquierda tuvo así efectos epistemológicos: el horizonte transformador quedó desplazado por un paradigma funcional al nuevo modelo de Estado subsidiario.

El impacto del MIR en la profesión fue esencialmente ideológico y ético-político. Contribuyó a instalar la comprensión de la intervención social como práctica situada en relaciones de poder

3. Persistencias y memoria disciplinar.

No obstante, investigaciones en Trabajo Social chileno han mostrado que la memoria de la radicalización permanece como sustrato ético-político (Quiroz, 2003). Durante la dictadura, profesionales vinculados a organismos de derechos humanos mantuvieron prácticas críticas, aunque desvinculadas de una estrategia revolucionaria explícita.

La transición democrática consolidó la hegemonía neoliberal, pero no eliminó el debate sobre el proyecto ético-político de la profesión. En términos gramscianos, podría afirmarse que la hegemonía tecnocrática nunca fue total, pues subsistieron tradiciones contrahegemónicas en la memoria profesional.

4. Conclusión.

La profesión sufrió una doble fractura: institucional y subjetiva. La primera se expresó en exoneraciones, intervenciones y retorno a paradigmas tecnocráticos. La segunda, más profunda, implicó el silenciamiento de trayectorias profesionales atravesadas por militancia, persecución y clandestinidad. La disciplina perdió no sólo cuadros políticos, sino memorias encarnadas.

La represión interrumpió violentamente esa configuración, generando lo que podría denominarse una “memoria disciplinar escindida”: por un lado, la narrativa oficial de profesionalización técnica; por otro, la memoria subterránea de militancia, clandestinidad y sacrificio.

El impacto del MIR en la profesión fue esencialmente ideológico y ético-político. Contribuyó a instalar la comprensión de la intervención social como práctica situada en relaciones de poder. La represión dictatorial interrumpió violentamente ese proceso, pero no logró borrar completamente su huella.

Revisitar esta experiencia permite comprender las tensiones actuales entre una matriz gerencial y una perspectiva crítica. El desafío no consiste en reproducir mecánicamente la radicalización de los años setenta, sino en reelaborar sus aprendizajes en un contexto democrático, evitando tanto la idealización nostálgica como la neutralización tecnocrática.

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