Mientras la sociedad debate sobre crecimiento económico, seguridad ciudadana, productividad y desarrollo, existen varias preguntas que rara vez ocupan el centro de la discusión política: ¿estamos educando a nuestros niños y jóvenes para el mundo que viene o para el mundo que ya desapareció? ¿cuál es la agenda actual en educación? ¿La violencia en las escuelas es el único tema que nos preocupa? ¿Es posible que las prioridades educativas del gobierno sean solo, seguridad y disciplina escolar, reforma al Sistema de Admisión Escolar (SAE) y retorno parcial de la selección y fortalecimiento de la autoridad escolar?
En Chile existen aproximadamente 13.000 establecimientos educacionales con una matriculas de 3.800.000 millones de estudiantes y 250.000 docentes y educadoras de párvulos, que funcionan bajo una lógica diseñada para el siglo pasado en todos los aspectos curriculares y metodológicos. Persisten modelos de enseñanza centrados en la memorización, la fragmentación del conocimiento y la preparación para pruebas estandarizadas, mientras la sociedad enfrenta desafíos cada vez más complejos e impredecibles, sin olvidar que casi toda la población de Chile pasa por las escuelas (cobertura en E. Básica 99% y en E. Media 88%), y por lo tanto no observamos o tomamos conciencia de la gran oportunidad para instalar pedagógicamente temas nacionales que nos preocupan.
Los principales pensadores contemporáneos de la educación coinciden en que la escuela debe transformarse profundamente, (Edgar Morin) sostienen que los problemas actuales —desde el cambio climático hasta la inteligencia artificial— exigen comprender la complejidad y relacionar saberes. Sin embargo, seguimos formando estudiantes en asignaturas aisladas, como si el mundo real estuviera dividido en compartimentos estancos.
Howard Gardner cuestionó hace décadas la idea de que existe una única forma de inteligencia. Aun así, millones de estudiantes continúan siendo evaluados bajo criterios estrechos que privilegian determinadas habilidades académicas y dejan en segundo plano talentos artísticos, sociales, éticos, empáticos, ciudadanía democrática, creatividad. El resultado es un sistema que muchas veces clasifica y selecciona más de lo que educa.
Es impresionante como olvidamos rápidamente el informe de Jacques Delors para la UNESCO (1996) que es una referencia mundial, que propuso los cuatro pilares de la educación: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser, si lo analizamos en detalle es impresionante la vigencia que tiene para estos tiempos.
Por su parte, muchos expertos advierten que las escuelas suelen sofocar la creatividad precisamente en una época en que la innovación se ha convertido en uno de los recursos más valiosos para el desarrollo de los países. Mientras las economías modernas demandan personas capaces de crear, colaborar y resolver problemas inéditos, los sistemas educativos siguen premiando la repetición y castigando el error.
Estas reflexiones tienen profundas consecuencias políticas. El problema educativo ya no consiste únicamente en aumentar recursos, mejorar infraestructura, revisar mochilas (declaradas inconstitucional recientemente). Se trata de definir qué tipo de sociedad queremos construir.
Si Chile aspira a una economía basada en el conocimiento, la ciencia, la innovación y el desarrollo tecnológico, no puede seguir organizando su educación bajo parámetros propios de la sociedad industrial. Si aspiramos a fortalecer nuestra democracia, necesitamos ciudadanos capaces de pensar críticamente, distinguir información confiable de la desinformación y participar responsablemente en los asuntos públicos. Si también deseamos un pueblo honrado, ético, sin irritación por cualquier debate, necesitamos cambiar currículo en dichas áreas.
La filósofa Martha Nussbaum ha advertido que cuando la educación se orienta exclusivamente hacia la productividad económica, se debilitan las capacidades democráticas de una sociedad. Una democracia sólida requiere ciudadanos reflexivos, informados y capaces de comprender perspectivas distintas a las propias. Sin esas competencias, el espacio público se vuelve más vulnerable a la polarización, el populismo y la manipulación.
La pregunta central es otra: ¿estamos formando a las personas que Chile necesitará en las próximas décadas?
La irrupción de la inteligencia artificial vuelve aún más urgente esta discusión. En un mundo donde las máquinas pueden almacenar información, redactar textos, traducir idiomas y realizar múltiples tareas cognitivas, la ventaja competitiva de las personas dependerá cada vez más de capacidades propiamente humanas: creatividad, juicio ético, pensamiento crítico, empatía, reconocer y aceptar la diversidad, no podemos volvernos esclavos de los algoritmos.
Sin embargo, la política educacional sigue atrapada en debates del siglo XX. Se discute sobre pruebas, rankings, cobertura y administración, pero mucho menos sobre cómo preparar a las nuevas generaciones para una realidad profundamente distinta.
La transformación educativa requiere una visión de Estado que trascienda los ciclos electorales, vivimos tiempos de incertidumbre, inseguridad por alto nivel de delincuencia, muchos adolescentes en ese camino, debemos construir un nuevo contrato social en que la justicia y los parámetros educacionales permitan, ciudadanos éticos (urgente hoy) y críticos para consolidar nuestra democracia y que luego el pueblo libremente decida que orientación política quiere para el país, pero en un horizonte de cohesión social, que nos permita conservar las conquistas sociales y culturales.
Todo lo anterior implica modernizar currículos, fortalecer la formación permanente docente, promover el aprendizaje interdisciplinario, incorporar habilidades socioemocionales y utilizar la tecnología como herramienta de aprendizaje y no simplemente como equipamiento.
Por lo demás en debates internacionales del área educacional existe bastante consenso respecto a incorporar en las aulas las siguientes temáticas: educación para la ciudadanía democrática, derechos humanos, educación ambiental y sostenibilidad, pensamiento crítico y alfabetización digital, diversidad e inclusión, resolución pacífica de conflictos, ética de la inteligencia artificial y tecnologías digitales, bienestar socioemocional, participación comunitaria.
El desafío no es menor. Los países que lideren el siglo XXI serán aquellos capaces de desarrollar ciudadanos creativos, autónomos y preparados para aprender durante toda la vida. Quienes no lo hagan enfrentarán mayores dificultades para competir económicamente, fortalecer sus instituciones democráticas y responder a los cambios tecnológicos.
La verdadera discusión educacional no debería limitarse a cuánto gastamos ni a qué resultados obtenemos en determinadas pruebas. La pregunta central es otra: ¿estamos formando a las personas que Chile necesitará en las próximas décadas? Hasta ahora, la respuesta sigue siendo incierta. Y cada año que postergamos esta conversación, la distancia entre la escuela y el mundo real continúa creciendo.
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