Las Big Tech, como se denomina a los gigantes tecnológicos que ostentan la mayor capitalización bursátil, influencia y capacidad de innovación a nivel global, controlan el flujo de datos y dictan tendencias digitales, abarcando sectores como el comercio electrónico, la computación en la nube y la inteligencia artificial (IA). Durante gran parte del siglo XX se entendió que el poder mundial descansaba sobre tres pilares: los Estados, los mercados financieros y los medios de comunicación. En el siglo XXI ha emergido un cuarto actor con una influencia sin precedentes, precisamente las Big Tech.
Google decide qué información es visible y cuál permanece oculta en las profundidades de Internet. Meta (Facebook, Instagram y WhatsApp) administra espacios donde miles de millones de personas se informan, debaten y construyen identidades políticas. Amazon (AWS, la mayor plataforma de computación en la nube del mundo) controla una parte relevante de la infraestructura digital sobre la cual operan gobiernos y empresas. Microsoft (Microsoft Windows, Microsoft 365, Microsoft Teams, Microsoft Azure, Xbox, Visual Studio y Microsoft Copilot) participa de la infraestructura tecnológica de organismos públicos y privados de todo el planeta. NVIDIA (procesadores gráficos GPU, sistemas de computación de alto rendimiento y software para inteligencia artificial) provee los procesadores que hacen posible la revolución de la inteligencia artificial.
Las grandes tecnológicas estadounidenses ya no están solas. En Asia han surgido conglomerados tecnológicos capaces de competir en inteligencia artificial, comercio electrónico, telecomunicaciones, redes sociales y computación en la nube. China es el único país que compite con Estados Unidos en prácticamente todas las áreas tecnológicas relevantes. Destacan Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi, ByteDance y TikTok (las BATX, el grupo de gigantes tecnológicos que lideró el desarrollo de la economía digital en China. Hoy son actores clave en inteligencia artificial, computación en la nube, comercio electrónico, servicios financieros y dispositivos inteligentes).
China ha impulsado una estrategia de autosuficiencia tecnológica para reducir su dependencia de Estados Unidos, especialmente en chips, sistemas operativos y centros de datos. India: potencia emergente del software y la IA. India no posee todavía gigantes equivalentes a Google o Amazon, pero domina segmentos estratégicos. Se ha convertido en una potencia mundial en desarrollo de software, servicios de nube y talento en inteligencia artificial, aunque todavía depende de infraestructura tecnológica extranjera para competir con las grandes plataformas estadounidenses.
El caso de Rusia y las sanciones occidentales (por la invasión de Ucrania) la han impulsado a desarrollar soberanía digital y seguridad informática, con un ecosistema tecnológico propio. Las principales empresas son: Yandex, equivalente ruso de Google; VK, equivalente de Facebook; Kaspersky, ABBYY, Telegram y Baikal Electronics. Rusia destaca particularmente en ciberseguridad, criptografía y software militar, aunque está lejos de la escala económica de China o Estados Unidos.
Indudablemente, también debemos destacar comentarios optimistas sobre el desarrollo tecnológico, como que la IA aumentará las capacidades humanas, también permitiría avances extraordinarios en medicina y longevidad, resolver problemas energéticos y científicos, automatización inteligente, mejor calidad de vida y democratizará el conocimiento. Todos temas en debate y discusión apasionada entre expertos y autores especializados en tecnología y Big Tech.
Nos enfrentamos a una nueva interrogante: ya no se trata de determinar si estas empresas poseen poder; hoy los cuestionamientos son qué, cuáles y cómo ese poder ampliado y globalizado incide en la democracia y respeta o transgrede sus límites. La socióloga Shoshana Zuboff acuñó el concepto de «capitalismo de vigilancia» para describir un modelo económico basado en la extracción masiva de datos personales con el propósito de predecir y modificar comportamientos humanos. Según su análisis, las experiencias cotidianas de las personas se han transformado en materia prima para sistemas comerciales capaces de anticipar decisiones de consumo, preferencias políticas e incluso estados emocionales.
El gran debate de nuestra época será determinar si las sociedades democráticas serán capaces de hacer lo mismo con los nuevos gigantes digitales antes de que su influencia supere la capacidad de control de los propios Estado
El problema no radica únicamente en la pérdida de privacidad. El riesgo mayor consiste en la aparición de asimetrías de información inéditas en la historia humana: corporaciones que saben cada vez más sobre los ciudadanos, mientras los ciudadanos saben cada vez menos sobre el funcionamiento de los algoritmos que influyen en sus vidas. Algunos sostienen que los algoritmos no solo predicen nuestros gustos; también moldean nuestro capital cultural al influir en los conocimientos, referencias, lenguajes e ideas que adquirimos diariamente.
Si bien es cierto que los seres humanos toman decisiones, nunca son decisiones independientes. Cada una de ellas depende de unas condiciones biológicas y sociales que escapan a nuestro control. Puedo decidir qué comer, con quién casarme y a quién votar, pero esas decisiones dependen de mis genes, mi bioquímica, mi sexo, mi origen familiar y mi cultura nacional; todos ellos, elementos que yo no he elegido. Y ahora la inteligencia artificial podría profundizar aún más este fenómeno. Los modelos más avanzados de IA requieren enormes cantidades de datos, energía, capacidad computacional y talento especializado.
La filósofa Carissa Véliz sostiene que la privacidad no constituye simplemente un derecho individual, sino una condición esencial para la libertad política. Sin privacidad, argumenta, se debilita la capacidad de disentir, organizarse y participar autónomamente en la vida democrática. Otra preocupación creciente es la concentración económica. Diversos estudios muestran que unas pocas empresas controlan simultáneamente los datos, la infraestructura en la nube, los semiconductores avanzados y los grandes modelos de inteligencia artificial. Esta concentración genera barreras de entrada extraordinarias para nuevos actores y fortalece posiciones dominantes difíciles de desafiar incluso por los propios Estados.
No se trata de demonizar la tecnología. Las plataformas digitales y la inteligencia artificial han aportado avances extraordinarios en medicina, educación, productividad e investigación científica. Sin embargo, la historia demuestra que todo gran poder requiere contrapesos institucionales. El desafío político del siglo XXI ha sumado una nueva área de estudio y desarrollo: ¿Cómo generar mecanismos democráticos que sean suficientemente robustos y capaces de supervisar el funcionamiento de estas herramientas tecnológicas, para asegurar la privacidad y las capacidades de desarrollo de las sociedades y comunidades?
En el pasado las democracias aprendieron a regular bancos, monopolios industriales y medios de comunicación. El gran debate de nuestra época será determinar si las sociedades democráticas serán capaces de hacer lo mismo con los nuevos gigantes digitales antes de que su influencia supere la capacidad de control de los propios Estados.
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