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El Arte de Gobernar

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Gobernar nunca ha sido simplemente administrar. Gobernar es conducir expectativas, ordenar conflictos, cuidar las instituciones y comprender que las palabras pronunciadas desde el poder no son frases al pasar: tienen consecuencias políticas, sociales y culturales. Quedan grabadas en el inconsciente ciudadano. En democracia, el arte de gobernar exige prudencia, sentido de realidad y responsabilidad histórica. La palabra de quien ostenta el poder es muy importante, en democracia juega un rol fundamental y por lo tanto se deben cuidar y no abuzar del exceso de ideología, cuando se es gobierno se representa a un país y no solo a una coalición política.

Chile vive desde hace años un ciclo de fatiga política. La desconfianza hacia las élites, hacia los partidos políticos, el descrédito institucional, la inseguridad y la fragmentación social han erosionado parte importante de la convivencia democrática. La ciudadanía con su complejo modo pendular de opciones políticas y cambiar tantas veces de orientación provoca cansancio. En ese escenario, cualquier gobierno —sea de izquierda o de derecha— tiene el deber de actuar con especial cuidado respecto del lenguaje, las señales y la estabilidad institucional.

Por eso preocupa observar cómo, en distintos momentos, el debate público se ha ido degradando hacia la improvisación, la confrontación permanente y la lógica de la cuña fácil. Las reiteradas frases desafortunadas de autoridades, ministros y del propio presidente han debilitado muchas veces la percepción de conducción política seria. Se olvida que ganaron las elecciones democráticamente, ya no están en campaña electoral, inquieta las señales de refundar el país por la vía de reducir al Estado a su mínima expresión. “Por años, se nos quiso convencer de que un Estado más grande era automáticamente un mejor Estado” (Cuenta Pública 2026; pagina 4).

Gobernar exige mesura, la prudencia es fundamental, independiente de instalar programa político que el pueblo opto en las elecciones de diciembre, especialmente cuando la ciudadanía enfrenta incertidumbre económica, las alzas de bencinas y alimentos, miedo frente a la delincuencia y agotamiento social.

La inestabilidad ministerial también ha transmitido señales contradictorias. Los cambios de gabinete en los primeros dos meses, las rectificaciones apresuradas y las tensiones internas entre sectores oficialistas han dificultado consolidar una imagen de cohesión y rumbo estratégico. En política, la percepción de orden importa tanto como las políticas públicas mismas. Un gobierno que parece permanentemente corrigiéndose corre el riesgo de debilitar su autoridad.

En la Cuenta Pública 2026 pudimos escuchar el discurso de un presidente que en materias sociales solo sabe conjugar dos verbos: restringir y castigar, la palabra trabajador no se menciona, las desigualdades existentes menos, la constante de autoridad, mercado y disciplina miento social, marcaron el relato. Nada se dice sobre las raíces estructurales del delito: desigualdad, narcotráfico ligado a economías excluidas, abandono urbano, crisis habitacional, trabajo precario o destrucción del tejido comunitario, secreto bancario.

El discurso responsabiliza al Estado del estancamiento económico y presenta al mercado como principal motor de prosperidad. Tampoco nada sobre enormes sectores ciudadanos que financian su vida cotidiana mediante deuda: deuda educativa; deuda hipotecaria; deuda de consumo; deuda médica; deuda en retail, con altas tasas de crédito.

Llama la atención los elementos ideológicos desplegados del antiguo “movimiento gremial de” de Jaime Guzman Errazuriz en el discurso, la utilización constante de conceptos como “mérito”, “familia”, “orden” y “responsabilidad”. Estas palabras parecen neutras, pero cumplen una función política: trasladar los problemas estructurales hacia responsabilidades individuales.

El desarrollo de regiones tuvo una omisión total. Se insiste que ajustes presupuestarios no afectaran beneficios sociales, la nueva deuda se omitió y luego al día siguiente se menciono la ley para autorizar más presupuesto por US$6.200 millones de dólares. Definitivamente la agnotología (incentivar la ignorancia y confusión) se instala como constante política.

Chile necesita menos épica improvisada y más responsabilidad histórica. Menos frases virales y más conducción. Menos cálculo inmediato y más visión de largo plazo

La apuesta por un gabinete compuesto mayoritariamente por independientes y profesionales con escasa experiencia política introduce el riesgo de subvalorar la dimensión política de la gestión pública. (16 ministros independientes y 8 militantes de partidos políticos) Gobernar no consiste solo en gestionar burocracia, sino también en articular intereses, anticipar conflictos y construir mayorías en escenarios fragmentados.

La experiencia internacional muestra que las democracias no suelen derrumbarse de un día para otro. Más bien se desgastan gradualmente: se desprestigian las instituciones, se normaliza el insulto, se desacredita a los adversarios como enemigos morales y se instala la idea de que solo el propio sector representa al país. Ese deterioro cultural suele anteceder crisis políticas mayores. En el gobierno actual ronda la presencia del modelo iliberal (Fareed Zakaria) en que estos se legitiman mediante las urnas, pero una vez en el poder, eliminan gradualmente los equilibrios constitucionales.

El desafío entonces no es únicamente mejorar indicadores económicos o fortalecer la seguridad pública. También consiste en construir una cultura democrática basada en el respeto institucional, la sobriedad política y la capacidad de diálogo entre todos los actores políticos. Nuestro país aún es admirado en America Latina y el mundo por nuestra democracia.

El arte de gobernar requiere entender que la democracia es frágil y que el poder, cuando pierde prudencia, puede transformarse rápidamente en un factor de división social.

Chile necesita menos épica improvisada y más responsabilidad histórica. Menos frases virales y más conducción. Menos cálculo inmediato y más visión de largo plazo. Porque gobernar, al final, no consiste en imponer identidades políticas momentáneas, sino en cuidar la estabilidad de una comunidad entera, incluso de quienes no votaron por uno.

La democracia chilena ha demostrado resiliencia a lo largo de décadas difíciles. Pero ninguna democracia es indestructible. Su fortaleza depende, en gran medida, de la calidad de quienes ejercen el poder y de la madurez con que una sociedad enfrenta sus diferencias.

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