«La política no es el arte de la astucia, sino el servicio al bien común y la defensa de la dignidad intrínseca del ser humano.» — Jacques Maritain
Hay fechas que marcan el destino de los pueblos al exigirles una decisión trascendente. El 4 de septiembre de 2022 fue una de ellas. A cuatro años de aquel plebiscito constituyente —donde con una participación histórica un 61,86 % de los ciudadanos rechazó la propuesta de la Convención Constitucional—, la distancia permite analizar este hito desde el humanismo cristiano: una doctrina que ubica a la persona en el centro, promueve la paz social y busca el bien común.
Desde el humanismo cristiano, la política solo cobra sentido si está al servicio de la dignidad de la persona, la unidad nacional y las libertades fundamentales. Una Constitución no es la victoria definitiva de una ideología, sino una verdadera casa común.
La propuesta de 2022 pecó de un maximalismo que atentaba contra estos cimientos. Bajo el pretexto de consagrar derechos, el texto amenazaba con fragmentar la nación bajo un indigenismo radical, debilitar el Estado de Derecho y menoscabar principios como la libertad de enseñanza, el derecho a la vida y la autonomía de las familias.
Aquel día, Chile estuvo al borde del abismo. De haber sido aprobada, el país habría ingresado en una etapa de desintegración institucional y descalabro económico. El veredicto popular no fue un portazo a la justicia social, sino un acto de prudencia cívica que recordó que no se construye patria destruyendo sus pilares.
Se intentó instalar la narrativa de que el proceso era la expresión orgánica de un pueblo exigiendo refundar el país. Sin embargo, aunque el malestar social y las demandas de justicia eran reales, el proceso fue instrumentalizado por el oportunismo de la clase política, más que por una manifestación genuina de la ciudadanía. Los dirigentes encauzaron el dolor ciudadano hacia una agenda refundacional no solicitada, priorizando el reparto del poder por sobre los problemas urgentes de la gente.
El proceso dejó una herida profunda en el pensamiento socialcristiano. La Democracia Cristiana institucional —un partido nacido para resguardar la libertad y la dignidad frente a los colectivismos— resolvió llamar a aprobar dicha propuesta.
Sin juzgar intenciones, desde el humanismo cristiano resulta ineludible cuestionar la coherencia de esa decisión. Al alinearse con un texto refundacional que relativizaba la unidad del país y el rol de las familias, la colectividad postergó sus principios fundadores por coyunturas políticas, dejando a su electorado histórico en la orfandad doctrinal.
Una Constitución no es la victoria definitiva de una ideología, sino una verdadera casa común
El triunfo del «Rechazo» evidenció la sabiduría de las familias chilenas. Sin embargo, sectores de la extrema izquierda no han digerido la lección y mantienen la intención de reflotar las ideas de la propuesta rechazada. Transformar una derrota democrática en una simple pausa a la espera de imponer su modelo es ignorar la voluntad popular.
(El segundo proceso constitucional responde a un fenómeno distinto con sus propias complejidades, lo que da para un análisis por separado).
El Triunfo de la Cordura
A cuatro años, el significado de esa jornada es que Chile demostró verdades fundamentales sobre su propia identidad:
Millones de chilenos dijeron algo fundamental: que el Chile que querían mejorar seguía siendo Chile. El desafío del humanismo cristiano es actuar como dique de cordura, recordando que el progreso solo se logra sobre la verdad, la moderación y la dignidad humana.
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