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El país que no aprendió: Chile vuelve a jugar la partida de otros

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«Estemos atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas.»Papa Francisco (Manila, 2015)

Cuando un país decide su futuro mirando lo que ocurre en Madrid, en La Habana o en Washington, algo se ha roto en su vida democrática. Chile no vive hoy un debate propio, sino una batalla entre dos franquicias ideológicas transnacionales —el Foro de São Paulo y el Foro Madrid— que convirtieron nuestra historia reciente en laboratorio de experimentación ajena. Frente a esa disputa existe una alternativa real, incómoda para ambos bandos: el humanismo cristiano y la doctrina social de la Iglesia.

Dos internacionales, la misma lógica de bloque

La izquierda construyó su red desde el centralismo: la Komintern de 1919 impuso a los partidos comunistas la obediencia a Moscú, espíritu que reapareció en la OSPAAAL, financiando guerrillas en México y Angola. Caído el Muro, esa maquinaria se reconvirtió en el Foro de São Paulo (1990), fundado por Castro y Lula: fusiles por urnas, sin abandonar el fondo, control estatal y retórica antiimperialista.

La derecha radical nunca tuvo un internacionalismo fácil, pero encontró en el anticomunismo su pegamento: el Pacto Antikomintern de 1936, luego la WACL y su brazo más oscuro, la Operación Cóndor. Esa tradición muta hoy en el Foro Madrid (2020), impulsado por Vox, que cambió los cuarteles por la «guerra cultural» contra la Agenda 2030 y el «globalismo progre». Dos historias, un mismo vicio: subordinar la política nacional a un relato global.

Chile, campo de pruebas

Nuestro país ya pagó este precio en el siglo XX. El MIR abrazó el foquismo guevarista, Allende inauguró la «vía chilena al socialismo» con apoyo soviético-cubano, y la respuesta fue el golpe de 1973 y la inserción de la dictadura en la Operación Cóndor bajo la Doctrina de Seguridad Nacional. Muchos chilenos pagaron con persecución y muerte para que su país fuera, otra vez, pieza de ajedrez en un tablero ajeno.

Vuelta la democracia, Chile se hizo alumno aplicado del multilateralismo —Acuerdo de París, Agenda 2030, ODS— y esa adhesión generó la reacción opuesta: un soberanismo con rostro propio con Kast en La Moneda. Su participación, junto al ministro Martín Arrau, en el V Encuentro del Foro Madrid en Santiago confirma que el gobierno se inscribe en esa franquicia, al costo de fracturar su coalición, dejando fuera a Evópoli y RN.

La verdadera pregunta no es si Chile prefiere São Paulo o Madrid, sino por qué sigue aceptando que su destino se dispute como plebiscito de otros

La Democracia Cristiana, la advertencia que nadie quiso escuchar

No es la primera vez que la DC cede a la presión de la izquierda a costa de su identidad de centro. Ya ocurrió en el primer proceso constitucional, cuando llamó a Aprobar la propuesta de una convención dominada por sectores refundacionales, en vez de defender su prudencia institucional: en su Junta Nacional del 6 de julio de 2022, el texto se impuso por 216 votos contra 124. Aquel episodio anticipaba el patrón que se repite ahora: la sobrevivencia electoral sobre la doctrina.

El desenlace más reciente lo confirma. Presionada de nuevo por la subsistencia electoral, la directiva pactó cupos parlamentarios a cambio de apoyar una candidatura del Partido Comunista. El costo fue inmediato: la renuncia de Alberto Undurraga a la presidencia del partido, el repudio de Eduardo Frei Ruiz-Tagle y la suspensión de la DC chilena por la ODCA el 9 de agosto de 2025, que señaló que ese respaldo rompe con sus principios por las afinidades del PC con los regímenes de Venezuela, Cuba y Nicaragua, socavando el legado y credibilidad de la organización. No es aislado: es la segunda vez en tres años que el mismo partido cede al bloque progresista cuando debía representar el contrapeso.

La tercera vía que sigue en pie

Frente al estatismo colectivista de unos y al individualismo libertario de otros, la doctrina social de la Iglesia no propone equidistancia cómoda, sino un principio: la dignidad de la persona por sobre cualquier relato ideológico. La subsidiariedad exige un Estado que no ahogue a la sociedad, pero tampoco la abandone; la economía social de mercado defiende la propiedad privada y la libre iniciativa sin sacralizar el mercado —como el libertarismo de Milei o Abascal— ni asfixiarlo bajo el control estatal del Foro de São Paulo. Como recuerda Laudato si’, se puede cuidar la casa común sin ceder a la ingeniería social que viola la soberanía familiar.

La verdadera pregunta no es si Chile prefiere São Paulo o Madrid, sino por qué sigue aceptando que su destino se dispute como plebiscito de otros. La experiencia chilena —guerrillas financiadas desde La Habana, escuadrones de la muerte coordinados desde Washington, un partido de centro que dos veces cedió su identidad al bloque de izquierda— demuestra que ninguno de los extremos trae liberación real. La construyen quienes se niegan a jugar ese juego e insisten en reconstruir el centro desde la dignidad humana, la solidaridad y el bien común. Esa es la batalla que vale la pena dar.

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