La izquierda chilena enfrenta una paradoja histórica. Después de 36 años de democracia, crecimiento económico, reducción de la pobreza, expansión de las clases medias, la expansión de consumo que fue envidia de toda A. Latina, ampliación de derechos sociales y culturales, ha perdido buena parte de la confianza ciudadana que alguna vez la convirtió en una alternativa de futuro y que junto a partidos de centro gobernó. Las derrotas electorales, el rechazo a los proyectos constitucionales y el avance de la ultraderecha no pueden explicarse solamente por errores de campaña, por la influencia de las redes sociales o por una supuesta derechización irreversible de los chilenos.
Hay una pregunta incómoda que debemos hacernos: ¿comprendimos como izquierda que el país que contribuimos a transformar ya no es el mismo que nos entregó su apoyo durante las primeras décadas de la transición? Las conquistas de estos 36 años son reales, aunque desiguales e incompletas. Chile redujo significativamente la pobreza, amplió el acceso a la educación, mejoró sus indicadores de salud, extendió la protección social (ver Chile Atiende) y reconoció derechos que antes parecían impensables. Sin embargo, el crecimiento perdió dinamismo, la movilidad social continúa siendo limitada y las desigualdades en el acceso a servicios de calidad persisten. Y los próximos cuatro años se ve difícil la mejora y ya vemos como ciertos derechos sociales se están perdiendo. El problema es que una parte de la izquierda sigue hablando como si la ciudadanía estuviera esperando completar el programa de transformaciones de los años noventa, mientras millones de personas viven preocupaciones, expectativas y frustraciones diferentes.
También hay un gesto que empobrece cualquier análisis y lamentablemente se ha usado mucho desde la derrota de diciembre: explicar el voto ajeno como una prueba de ignorancia. Quien lo hace se concede superioridad moral y se ahorra el trabajo de investigar. Pero el desprecio (facho pobre) tiene una consecuencia estratégica: vuelve invisibles las razones del otro. El sujeto chileno cambió, y la izquierda debe cambiar su manera de comprenderlo sin renunciar a sus principios. Transitamos de un ciudadano que aspiraba a progresar al ciudadano que exige resultados.
Durante las primeras décadas de la democracia, una parte importante de las expectativas populares estaba asociada a superar la pobreza, acceder a la educación superior, conseguir una vivienda, mejorar los ingresos y abrir oportunidades para los hijos. El horizonte era avanzar, incorporarse a la modernización y dejar atrás las restricciones heredadas de la dictadura. Hoy esas aspiraciones no han desaparecido, pero se han vuelto más complejas. Millones de familias que ya no viven en la pobreza extrema enfrentan el endeudamiento, el temor a perder su posición económica, las dificultades para acceder a una vivienda, las listas de espera en salud, la incertidumbre laboral. La tarea de la izquierda consiste en construir una nueva promesa de progreso: crecimiento económico, buenos empleos, salarios suficientes, vivienda accesible, salud oportuna, pensiones dignas y oportunidades reales de movilidad social. No se trata de abandonar la redistribución, sino de vincularla con una economía capaz de producir más, innovar y crear empleos de calidad.
Primera tarea: recuperar la seguridad como un derecho democrático
Una de las mayores equivocaciones de la izquierda ha sido tratar, la preocupación por la delincuencia y el orden público como si fuera una demanda secundaria, conservadora o manipulada por la derecha. Cuando estudiamos la expansión de la ultraderecha en el mundo, muestra la importancia que adquieren las cuestiones de identidad, autoridad, inmigración y seguridad en la construcción de nuevas mayorías. Dichas interpretaciones no significan que todos los votantes preocupados por la seguridad sean de derecha ni que el avance de la ultraderecha obedezca a una sola causa. Significan que los temores cotidianos tienen consecuencias políticas y que los partidos que no lo reconocen dejan un espacio disponible para sus adversarios. Para una familia popular y sectores medios, la seguridad no es una abstracción ideológica. Es poder regresar del trabajo sin temor, permitir que los hijos salgan a la calle, utilizar el transporte público y vivir sin la amenaza de una encerrona o un turbazo, un asalto. La inseguridad limita la libertad, deteriora la convivencia y golpea especialmente a quienes no pueden pagar protección privada ni trasladarse a barrios más seguros. La izquierda debe defender una política firme y democrática contra la delincuencia y el crimen organizado: policías profesionales y mayor dotación, inteligencia financiera, persecución del lavado de activos, control efectivo de las armas, cárceles capaces de impedir que se dirijan delitos desde su interior y prevención social bien evaluada. No existe contradicción entre combatir las causas sociales de la delincuencia y sancionar a quienes delinquen. Tampoco entre respetar los derechos humanos y proteger a las víctimas. Vivimos enrejados y rodeados de concertinas. El orden público es una condición de la libertad y la democracia, no un gesto, es gestión, no un patrimonio exclusivo de la derecha. Mas aun debemos proponer en esta etapa un pacto nacional con actual gobierno, porque el tema de seguridad es importante para todos los chilenos sin distinción.
Segunda tarea: volver a representar a los trabajadores y los sectores populares
La crisis de la izquierda tiene también una dimensión social. Indudablemente existen tensiones entre capitalismo y democracia; los partidos progresistas pueden conservar una identidad cultural liberal y, al mismo tiempo, perder el vínculo con quienes necesitan protección económica, empleos estables y servicios públicos que funcionen. La clase trabajadora de hoy no es idéntica a la de hace medio siglo. Incluye asalariados de servicios, trabajadores de plataformas, empleados públicos, técnicos, pequeños comerciantes, independientes y personas que alternan empleos formales e informales. También comprende a quienes trabajan intensamente sin sentir que tienen un futuro asegurado. Una parte de estos ciudadanos ya no encuentra en los partidos tradicionales una representación reconocible. Otros rechazan que se les hable desde códigos culturales que perciben como ajenos a sus prioridades. Algunos votan por la derecha radical; otros cambian de opción entre elecciones o se distancian de la política organizada. La izquierda necesita reconstruir su presencia en los territorios, sindicatos (solo el 19,9% de los trabajadores están sindicalizados), organizaciones comunitarias, juntas de vecinos (4.600 existen en Chile). No para repetir mecánicamente las formas de organización del pasado, sino para escuchar las experiencias reales de quienes dice representar. Eso exige una agenda concreta: apoyar las negociaciones colectivas (solo 12% las tiene en Chile), mejores salarios, capacitación, productividad, protección frente a los abusos, (ver situación grave con las AFP) apoyo a las pequeñas empresas y condiciones que permitan compatibilizar el trabajo con la vida familiar. La representación popular no se recupera hablando en nombre del pueblo, sino demostrando que se conoce su vida y se pueden mejorar sus condiciones.
Tercera tarea: comprender las nuevas demandas culturales sin despreciar las antiguas preocupaciones
La ampliación de los derechos de las mujeres, la mayor aceptación de la diversidad, la discusión sobre las relaciones de género y el reconocimiento de grupos históricamente discriminados constituyen avances importantes. La izquierda tiene razones para defenderlos. Pero debe reconocer que las sociedades no cambian al mismo ritmo y que la adhesión a una causa no implica aceptar todas las interpretaciones culturales asociadas a ella. Hay que comprender la tensión entre valores progresistas y reacciones conservadoras. La respuesta progresista no puede ser retroceder en derechos ni convertir cada discrepancia cultural en una prueba de inferioridad moral del adversario. Debe distinguir entre la defensa irrenunciable de la dignidad humana y las disputas políticas que requieren deliberación, persuasión y acuerdos democráticos. La igualdad de género debe avanzar junto con mejores condiciones laborales, sistemas de cuidados, seguridad frente a la violencia intrafamiliar, sexual, (ver vergüenza nacional decreto que libera a abusadores sexuales de actual gobierno) psicológica, laboral.
El sujeto chileno cambió, y la izquierda debe cambiar su manera de comprenderlo sin renunciar a sus principios
Cuarta tarea: terminar con la distancia entre las promesas y la capacidad de gobernar
Los temas éticos, la corrupción, la falta de resultados visibles y las inconsistencias frente a los derechos humanos pueden ser especialmente destructivas para fuerzas políticas que llegaron al poder prometiendo renovación y superioridad moral. Existen interpelaciones directamente a la izquierda chilena. Los casos de corrupción y el deterioro de la confianza no se resuelven atribuyéndolos exclusivamente a campañas de desprestigio (caso fundaciones, Procultura, Monsalve). Aunque la oposición pueda exagerar o instrumentalizar determinados episodios, la respuesta debe ser transparencia, investigación y responsabilidad política. La ética pública no es un adorno del programa. Es parte del contrato con los ciudadanos. También es necesario reconocer que gobernar supone elegir prioridades, construir mayorías, administrar recursos escasos y evaluar resultados. Una política puede tener un objetivo justo y fracasar por un diseño deficiente, una mala implementación o una estimación equivocada de sus costos.
Quinta tarea: Los proyectos de futuro se construyen ahora
El entusiasmo por antiguos liderazgos, hay que tener mucho cuidado, se pueden transformar en una ilusión de refugio para un progresismo golpeado electoralmente. Los liderazgos con experiencia, reconocimiento y capacidad de convocatoria pueden cumplir una función importante, pero no sustituyen la renovación de las ideas, de los equipos ni de la relación con la sociedad. La nostalgia tiene un atractivo comprensible: permite recordar momentos en que el progresismo y la izquierda parecían interpretar mejor las expectativas nacionales. Pero el país de hoy enfrenta desafíos complejos, y los logros de gobiernos anteriores no bastan para responder a ellos. Indudablemente el triunfo de Lula en Brasil es un ejemplo para tener presente en todas sus varianzas, especialmente estudiar la extraordinaria movilización electoral que logro, una ofensiva digital impecable y propuestas dirigidas a las preocupaciones reales de los votantes especialmente económicas. Las acciones de Michell Bachelet en pro de la unidad de la oposición son muy importantes y deben generar espacios para reflexionar e iniciar la construcción de la nueva narrativa, luego veremos quien encabeza el liderazgo de una coalición amplia de la oposición en 2029.
Sexta tarea: superar la fragmentación y reconstruir una mayoría democrática
El retroceso de la izquierda no es exclusivamente chileno. Hoy estamos estudiando la consolidación de las ultraderechas en Europa y América latina; las fracturas culturales que reorganizan los electorados; y las tensiones estructurales de las democracias liberales. Sin embargo, ninguna explicación mundial puede reemplazar el análisis de las particularidades nuestras. El desgaste de los partidos, la desconfianza institucional, las expectativas insatisfechas y la dificultad para articular proyectos comunes tienen aquí una historia propia. La competencia entre el Frente Amplio, el Partido Comunista, Partido Socialista y PPD, no puede seguir resolviéndose mediante disputas identitarias que paralizan la acción común. Sus diferencias son legítimas, pero deben traducirse en una discusión política capaz de producir acuerdos programáticos y no solamente repartos electorales, no basta con reunirse todos los lunes. Una coalición democrática necesita compartir compromisos fundamentales: derechos humanos sin doble estándar, probidad, seguridad pública, crecimiento, responsabilidad fiscal, protección social y respeto por las instituciones. También necesita reconocer el pluralismo de una sociedad que no piensa de una sola manera. La unidad no consiste en ocultar las diferencias, sino en construir reglas para procesarlas y definir prioridades compartidas, calmar los egos y las figuraciones públicas que derivan en debates innecesarios.
Los próximos tres años exigirán una revisión profunda de las prioridades progresistas. Hay que demostrar que la democracia puede ofrecer seguridad, prosperidad, dignidad y oportunidades en la vida real. La izquierda debe aprender de sus derrotas sin adoptar los diagnósticos de sus adversarios como verdades absolutas. Debe reconocer que la inseguridad importa, que el crecimiento es indispensable, que la probidad no admite excepciones y que los ciudadanos no están obligados a premiar indefinidamente las buenas intenciones.
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