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Las tres i

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Se requiere poner atención en que una sociedad puede cambiar antes que sea vista por el Estado y las instituciones correspondientes, como ocurre actualmente en nuestro país. No somos el Chile de 1990, hoy es mucho más rico, con más acceso a la educación, más infraestructura, carreteras, más acceso a la tecnología y mayores expectativas de vida, con un nivel de consumo que nuestros padres y abuelos difícilmente habrían imaginado; sin embargo, todo eso no se refleja en el comportamiento de la ciudadanía, se observa una decadencia en muchos aspectos de la vida cotidiana, existe un deterioro incalculable, se perdió la empatía y la capacidad de mirarnos como una sociedad común.

Las tres I: indiferencia, irritación e individualismo. No son las únicas características para definir una sociedad, pero juntas permiten mirar a un país que se ha modernizado económicamente mucho más rápido de lo que ha sido capaz de optimizar sus vínculos sociales. Por ejemplo, la indiferencia; una escena que se ha vuelto cotidiana en nuestras ciudades: personas viviendo en la calle, rucos durmiendo a la intemperie, bajo un puente, en una plaza y hasta en los aleros de los edificios, a pocas cuadras de La Moneda.

Los vemos todos los días y seguimos caminando como si nada, situación que se ha normalizado, sin que ningún gobierno tome medidas radicales para combatir este fenómeno con la gente de calle. El Censo 2024 registró 21.750 personas en situación de calle en Chile (los indicadores sostienen que hoy, 2026, son mucho más). El 81,7 % son hombres y la edad promedio es de 43 años. Aunque el problema no termina ahí. Existen 1.428 campamentos donde viven 120.584 familias, según el Catastro Nacional de Campamentos 2024-2025 de TECHO-Chile. Es la cifra más alta de campamentos desde 1996. ¿Cómo puede ocurrir esto en un país que ha multiplicado varias veces su riqueza desde 1990? Ingreso per cápita en 1990 US$ 2.300 dólares, en 2025 llega a US$ 30.000 dólares.

¿En qué momento aceptamos como normal que haya seres humanos viviendo en esas condiciones? La indiferencia no incumbe solamente a los últimos gobiernos. También interpela a quienes poseen grandes fortunas. Chile cuenta con 15 familias empresariales con patrimonios de US$ 52.000 mil millones de dólares (Luksic) a US$ 2.000 millones de dólares (Bofill), algunas realizan obras filantrópicas, que no logran sustituir la responsabilidad colectiva. Tampoco podemos acostumbrarnos a que un niño crezca en un campamento mientras discutimos durante años quién tiene la responsabilidad administrativa de resolverlo.

Han existido ministerios con programas, presupuestos, comisiones, diagnósticos y reformas, sin dar solución a este flagelo de la pobreza en diferentes ciudades del país, algunos sostienen que es imposible solucionarlo porque van asociados a problemas mentales y alcoholismo (por ejemplo, los que viven en la calle), débil comentario con el avance en la medicina tradicional, que cuentan con progresos médicos, psicológicos, antropológicos, de la actualidad en hospitales y centros de salud.

Irritación; basta salir a la calle y un automóvil toca la bocina, otro pasa con rojo, una motocicleta adelanta en forma peligrosa, los ciclistas ocupan un espacio que el conductor considera solo suyo, el scooter aparece de la nada peligrosamente por la vereda. Un pasajero reclama en un bus, fuera de la cantidad de personas que evaden el metro y la locomoción colectiva, gente que se pelea y discuten en el Metro en las horas punta. Alguien choca un carro en el supermercado y se arma batahola. Una caja demora demasiado y comienzan los reclamos, todos andan apurados, vecinos que hacen ruido y comienza la discusión. No estamos hablando solamente de delincuencia, estamos hablando de irritación cotidiana en todos los estratos sociales. De esa sensación de que el otro es un obstáculo, molesta, no respeta, mi tiempo vale más.

Los estudios de convivencia vial de CONASET han mostrado precisamente una percepción extendida de agresividad y violencia entre los distintos usuarios de la calle. En una medición de Achs–Datavoz, 59 % de los encuestados decía observar mucha agresividad y violencia entre conductores y peatones. Lo preocupante no es solamente cuántas peleas terminan denunciadas. Lo alarmante es cuántas discusiones no llegan a las estadísticas porque simplemente se convierten en parte de la vida cotidiana. Nos estamos acostumbrando a vivir en estado de alerta y una sociedad permanentemente irritada termina siendo una sociedad hostil, con menos capacidad para dialogar, de buscar soluciones, siempre la culpa es del otro.

Individualismo; mi trabajo, sueldo, casa, familia, partido político, religión, opinión, beneficio. Yo primero. (Capitalismo del yo algunos le llaman). El problema no es que las personas defiendan legítimamente sus intereses. El problema aparece cuando la idea del bien común deja de tener significado. En Chile cuesta cada vez más reconocer un error. Un político rara vez dice: “Me equivoqué”. Un gobierno difícilmente reconoce: “Esta política no funcionó”, qué mejor ejemplo el actual gobierno. Un partido político acepta con dificultad una derrota. En una organización, muchas veces importa más demostrar que uno tenía razón que solucionar el problema. En las redes sociales, la discusión se transforma rápidamente en agresiones y descalificaciones.

Las tres I: indiferencia, irritación e individualismo, no son una condena, son una advertencia

El problema aparece cuando la sociedad observa simultáneamente grandes utilidades, grandes fortunas, elevados ingresos y enormes diferencias sociales, mientras todavía existen personas en la calle, sin vivienda, campamentos y familias que no logran llegar a fin de mes. Entonces aparece una pregunta política inevitable: ¿Cuánto de la riqueza que produce Chile se transforma efectivamente en bienestar colectivo? Se trata de preguntarnos si una sociedad puede considerarse exitosa cuando una parte importante de sus ciudadanos siente que el progreso no llegó hasta su puerta.

En este contexto, el tema educacional es crucial para generar las transformaciones que Chile necesita con urgencia, que pasa por los cambios curriculares profundos que no se han realizado para atacar muchos de los temas antes comentados (todos los chilenos pasan al menos por la educación básica). Quizás el gran desafío curricular de Chile no sea agregar otra asignatura, sino recuperar una pregunta que durante demasiado tiempo hemos dejado en segundo plano: ¿para qué educamos? Si la respuesta es solamente para obtener mejores notas, acceder a la universidad y conseguir un buen empleo, estaremos formando individuos competentes. Pero si queremos una sociedad menos indiferente, menos irritable e individualista, necesitamos formar algo más difícil: ciudadanos capaces de ponerse en el lugar del otro, controlar sus impulsos, escuchar al que piensa diferente, cooperar y hacerse responsables de la sociedad que comparten.

Las competencias socioemocionales más relevantes para la vida y la ciudadanía democrática deben ser incorporadas en el aula, no solo declararlas en proyectos/planes, como por ejemplo la responsabilidad, cooperación, empatía, regulación emocional, tolerancia, entre otras.

También la deserción escolar es preocupante, al año 2025, 170.464 personas entre 5 y 24 años estaban fuera del sistema escolar sin haber completado la educación media, hay una acumulación de trayectorias educativas interrumpidas que Chile todavía no ha logrado resolver. Aquí deberíamos detenernos a discutir y preguntarnos con mucha fuerza. ¿Qué estamos haciendo para recuperar a esos jóvenes? ¿Qué estamos cambiando en la educación media? ¿Qué estamos haciendo con quienes llegan a los 15, 16 o 17 años sin sentido de pertenencia con la escuela? ¿Cómo estamos preparando a los adolescentes para un mundo donde la inteligencia artificial, las redes sociales, la precariedad laboral y la violencia digital están transformando radicalmente la vida de muchos jóvenes? No basta con mejorar un indicador. Debemos preguntarnos qué tipo de ciudadano queremos formar. Porque una sociedad que pierde a sus adolescentes corre el riesgo de perder algo mucho más importante que alumnos: pierde ciudadanos.

Todas estas problemáticas deberían estar en el centro del debate y no dispersas, que aparecen por una noticia o crisis. Las personas viviendo en la calle, campamentos que aumentan rápidamente, adolescentes fuera del sistema escolar, violencia cotidiana, vecinos que ya no se hablan, conductores que se insultan, familias agotadas, trabajadores desconfiados e instituciones que se defienden antes de reconocer sus errores. Todo lo anterior requiere de un debate político transversal, en que más allá de las diferencias políticas, se centren en las demandas reales que requiere la ciudadanía, especialmente en los sectores más vulnerables.

Las tres I: indiferencia, irritación e individualismo, no son una condena, son una advertencia, porque si no las enfrentamos ahora, quizás dentro de algunos años volvamos a preguntarnos: ¿Cómo pudo pasar esto? Y nuevamente diremos: “No lo vimos venir”.

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