«La política debe ser el arte de la justicia y del amor al bien común, no una lucha encarnizada por el poder.» — Jacques Maritain
En el discurso de numerosos actores aparece con frecuencia un concepto que parece sencillo, pero encierra un trasfondo profundo: la batalla cultural.
Se trata de una disputa por influir en el relato social, los valores y aquello que entendemos como sentido común. Desde Gramsci, puede comprenderse como una lucha por la hegemonía cultural: las sociedades cambian también mediante las ideas y los consensos que las sostienen. Hoy, esta disputa se expresa en la educación, la cultura y los medios.
En el siglo XXI, esta disputa encuentra un motor en las redes sociales y la economía de la atención. Shoshana Zuboff explica cómo el capitalismo de vigilancia convierte la experiencia humana en datos, mientras Eli Pariser advierte, con su concepto de «burbuja de filtros», que la personalización digital puede reforzar preferencias y sesgos. Cuando estas burbujas se convierten en espacios de identidad, el adversario deja de ser alguien que piensa distinto y pasa a ser percibido como una amenaza.
José Joaquín Brunner aborda esta dinámica en La guerra cultural: un frente clave de la disputa política. Allí cuestiona a quienes confían en que «dato mata relato», como si las cifras y los argumentos técnicos fueran suficientes para disputar el sentido común. De ahí su provocadora adaptación del conocido axioma «es la economía, estúpido», convertido por Brunner en «es la cultura, estúpido». El autor advierte que ciertas izquierdas entran en la guerra cultural, mientras las derechas duras avanzan con discursos de pánico moral. Cuando los moderados descuidan esta disputa, los extremos pueden terminar ganando no solo elecciones, sino también el consentimiento social para transformar las instituciones.
En Chile, esta dinámica reconfigura el mapa político. Las derechas duras han asumido la disputa cultural, mientras sectores de izquierda también han convertido espacios institucionales y públicos en escenarios de confrontación.
Uno de los grandes perjudicados es el centro político, particularmente el sector tecnocrático que confía en que el «dato mata relato». Los datos son indispensables, pero insuficientes: necesitan un relato que les otorgue significado, y los relatos, sustento.
En este escenario, la Democracia Cristiana (DC) ejemplifica la crisis del centro. Nació inspirada, entre otras fuentes, por Jacques Maritain, cuyo humanismo político puso en el centro la dignidad de la persona, la justicia, la libertad y el bien común.
Ese legado plantea una pregunta incómoda para quienes nos reconocemos en la tradición demócrata cristiana: ¿qué ocurre cuando un partido conserva su nombre, pero deja de disputar las ideas que dieron origen a su identidad?
La DC, al integrarse sucesivamente en coaliciones y priorizar en ocasiones la supervivencia electoral o espacios de influencia, ha debilitado la nitidez de su relato. El problema no es dialogar o pactar, sino hacerlo a costa de diluir aquello que distingue a un proyecto político.
El desafío para la Democracia Cristiana no consiste en ocupar un espacio electoral intermedio ni en transformarse en una versión moderada de los extremos
Frente al pánico moral de algunos sectores de la derecha y la radicalización de determinados sectores de la izquierda, la DC parece atrapada entre diferenciarse y no quedar políticamente aislada. El resultado es una posición más preocupada de administrar su espacio que de disputar las ideas que le dieron sentido.
Esto contrasta con Gaudium et spes, que vincula la vida pública con la justicia, la responsabilidad ciudadana y el bien común. También advierte Francisco en Fratelli tutti: la política puede transformarse en «recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz». Y, como advertía Juan Pablo II en Centesimus Annus, «una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto».
La parálisis de la DC es un síntoma del debilitamiento del centro democrático. Abandonar la disputa por el sentido común deja huérfana a una ciudadanía que rechaza maximalismos y pánicos morales, pero necesita una propuesta de certezas, esperanza y convivencia.
El desafío para la Democracia Cristiana no consiste en ocupar un espacio electoral intermedio ni en transformarse en una versión moderada de los extremos. Requiere recuperar identidad, reconstruir un relato y disputar, desde el humanismo integral, conceptos como dignidad, libertad, justicia, solidaridad y bien común.
La DC no está llamada a abandonar la batalla por las ideas, pero tampoco a librarla con las mismas armas de quienes han convertido la política en confrontación permanente. Debe disputar el sentido de otra manera: sin ver al adversario como enemigo y poniendo nuevamente en el centro la dignidad, la justicia, la libertad, la solidaridad y el bien común.
Porque el centro no puede limitarse a sobrevivir entre dos extremos.
Debe volver a tener algo que decir.
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Como suelo decir, leo columnas desde el final, y ya en vuestros dos últimos párrafos me encuentro repetidamente a:
Dignidad
Justicia
Libertad
Solidaridad
Bien común…
Y se me viene a la mente procurar ayudarte con el relato, con alguna idea, con una visión distinta, que casi raye lo práctico, más allá de lo teórico; espero te sea un aporte a tus futuras columnas…
Para mí la dignidad debe estar expresada en que vuestro objeto de interés tenga la dignidad de valorarse como un ser con derecho a una participación real, si acaso es necesario, pertinente y oportuno, y el Estado debe brindarle esa capacidad… No es suficiente dignidad poder rayar un voto, ya que somos individuos de información-ideas… Nos retroalimentamos vivencialmente y se nos ocurren ideas, dado nuestro conocimiento y experiencia… Nuestras ideas se convierte apenas en energía potencial sin un medio para ser canalizadas de una forma efectiva, donde pudiéramos valorar las mejores que aporten a los demás conceptos… Sin un poder real de decisión sobre el rumbo que llevamos, nos somos dueños de nuestra propia dignidad como objetos de interés político, sino que somos usados y manipulados para el beneficio de otros, que por cierto quizá no actúan con dignidad…
En cuanto a justicia, se debe entender por injusticia que pocas personas en el Estado decidan qué hacen con los dineros del Estado, yendo el mismo usualmente no en beneficio tan directo de los objetos a los que se supone que la Constitución sirve a través de sus mecanismos, ya que no logra su máxima realización espiritual ni material aún usando el 100% del Presupuesto Nacional, más la deuda que consigue cada gobierno… El objeto de interés debe poder decidir sobre parte del Presupuesto Nacional, para que haya justicia en su uso, y se aprendan nuevas formas de usarlo para que su uso vaya en beneficio de los otros tres conceptos…
La verdad nos hace libres y circula mucha mentira por ahí y no se ha dado “la batalla de la verdad”, o la batalla de la libertad como se debiera, porque seguimos a expensas de un sistema que nos usa a través de componentes políticos, económicos, laborales, aspiracionales; el sistema nos cuenta, nos registra, nos vigila, nos indica cuándo ir a votar, cuánto interés pagar, nos impone multas, obligaciones de pagos, etcétera, pero, si la verdad y la libertad se ven a través de acceso pleno a la información vital y al poder adquisitivo, somos un pueblo a media libertad, casi restringido, ya que nuestras actividades en comparación, no son las de por ejemplo alguien con la libertad financiera suficiente que elige a qué lugar del mundo ir, o qué hacer cada día… Hay recursos que ayudan a esa libertad, y su forma de uso puede o no generar más o menos libertad… Por ejemplo, el frente amplio y toda la izquierda tuvieron mucha más libertad siendo gobierno, o más grados de libertad —que es lo preciso tal como si fuera el símil de una partícula objeto de estudio— para moverse, para actuar, para decidir sobre recursos y tiempos, sobre operaciones, … aunque nos arruinaron, claro, pero, tuvieron esa capacidad, y ante la pregunta ¿el pueblo —ese objeto de interés a quien va dirigido el diálogo político para hacerlo rayar en otra zona del voto— recibe esa libertad de calidad de información, formación, y capacidad de accionar, decidir, y poder suficiente para vivir en una buena casa, lugar, teniendo los privilegios de quien los alcanza por la vía política en el Estado, o por sus méritos en el sector privado? … De forma práctica respóndase a esta pregunta y encuentre la metodología si es necesario: ¿puede hacer el Estado rico al ciudadano, con su capacidad, y qué tan capaz es el Estado de hacer esto, y qué tanto no desearía el Estado hacer —o sus personas componentes— que el ciudadano sea una persona con más recursos económicos, educativos y formativos? Esto nos lleva al siguiente concepto…
La solidaridad que se debe entender y aplicar como Estado, como aquella capacidad de hacer más, mejor, para todos, con justicia, con verdad, con libertad y para dignificar a las personas que les falte aquello que los haga sentirse más dignos… Aquí el concepto solidaridad se puede usar vigilando que el uso del puto Presupuesto Nacional, jaja, alcance … para todos los weones, jaja, de forma que a todos los dignifique, mediante un uso del Presupuesto que exprese capacidad de llegar siendo solidarios, y no solo solidario, sino que inteligente, habiendo discutido lo que se debe discutir respecto al valor en la toma de decisiones que tiene el pueblo chileno como tal, y qué tanto debe ser considerada su opinión dentro del marco de la toma de decisiones acerca del uso del Presupuesto… Solidaridad significaría que si llega un grupo x de personas a robar, digo, a gobernar, use el Presupuesto para maximizar su beneficio al pueblo chileno, y que no use el Presupuesto para robárselo, tal como lo hizo la banda del señor “don Boric”, por ejemplo cercano y ciertamente terrorífico que siempre será necesario procurar evitar, porque quien busca su propio beneficio y el de su banda, no busca el bien común, sino que el personal…
Finalmente, crearemos un ambiente de más beneficio común siendo una sociedad desarrollada políticamente, siendo capaz de hacer más y hacerlo mejor, innovando en el uso del Presupuesto y en lo que hacemos, y cómo lo hacemos, y con qué lo hacemos y cómo crecemos en el tiempo… El bien común debe estar acompañado de un mejor uso del Presupuesto, de un ciudadano con una mayor verdad disponible, y una mayor capacidad producto de una mejor formación, dentro de una sociedad que constantemente vigila qué hacemos para hacerlo mejor… Debemos recibir los frutos de justicia que brinden mayor libertad a las personas, mejor dignidad haciendo un uso más solidario del Presupuesto Nacional, dignificando al ciudadano pensante con ideas para brindarle capacidad para decidir si su jugada es mejor para la misma situación…
… Y, eso, pues, estimado… Yo creo que por ahí puede ir el caldo de su discurso, porque no tiene ningún sentido repetir dignidad, libertad, justicia, bien común, etcétera, si usted no aplica esos conceptos a mecanismos que los lleven a ser realidad, para que se transformen en algo cualificable y especialmente cuantificable, donde usted pueda medir el beneficio con instrumento y con variables, tal como por ejemplo:
El año uno se destinó al pueblo chileno un 1% del Presupuesto Nacional para que el pueblo aumentara su nivel de formación, su riqueza personal, y su capacidad de decidir con sus ideas, a través del instrumento adecuado, qué hacer con el siguiente uno por ciento del Presupuesto Nacional…
Ahora, espero que compare escenarios, que pronostique qué mostraría la medición de los cambios —porque el delta es siempre lo único importante— acerca de cómo cambian dignidad, justicia, libertad, bien común, y percepción de solidaridad con esta medida…
Claro, yo sé que usted y los demás lectores podrán hacer sus aportes propios, pero, recuerde incluir una variable de mediciones del cambio para que su discurso sea realista y no se llegue a parecer al de … un comunisteque cualquiera por ejemplo, mismos que andan diciendo estupideces sin sentido para luego, tras bambalinas, robar lo que puedan, porque ellos no conocen la libertad, no actúan de forma digna, no son solidarios, ni buscan el bien común, al contrario, sus fines es hacer una ruina el país que tocan, tal como ya lo dijo muy simbólicamente nuestro tan queridísimo terrorista incendiario “señor don Boric”, cuando desde la princesa de los púlpitos elevados con toda fatuidad dijo que haría de Chile la tumba del neoliberalismo, que es aquel que produce progreso, dignidad, justicia, libertad, bien común, muy a diferencia del comunismo, que produce pobreza, cárcel, restricciones, hambre, falta de dignidad, poco bien común, poca agua potable, en donde no hay acceso a energía, etcétera, ejemplos que usted puede ver y analizar en lugares como Cuba, que proveía seguridad a Maduro, y ayudó a Allende a tener su propio AK-47, con el que esperaba asesinar a más de un millón de personas en Chile y con el que seguramente hubiera acabado con el equipo de extracción de maduros de Trump, si hubieran venido por él… Sobre esto, me agrada pensar que nos bastó nuestro querido General Pinochet para darle una buena bombardeada a ese pelotudo saco de weas que quería hacer su propio golpe de Estado para consolidar su dictadura comunista, tal como el pobre retrasado de Fidel lo hizo para hundir a Cuba en la miseria donde él se forraría con ropas sucias dignas del infierno que probablemente le espera a semejante asesino adorado por narcos como Bachelet, el tal Boric, y semillas podridas como Vallejo, Cariola, Navarro y quién sabe cuántos más de esos especímenes con el cerebro entenebrecido por la falta de razón…
Saludos…
Saludos…