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La DC no necesita un lugar: necesita un proyecto propio

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«una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto», Juan Pablo II

El centro político no es un punto medio entre dos extremos: es capaz de unir lo que otros ven como opuesto —crecimiento con justicia social, seguridad con derechos humanos, autoridad democrática con participación ciudadana, reformas hondas con estabilidad institucional—. Esa mezcla, y no la equidistancia, separa a una oposición de centro de una tibia o calculadora. Esta idea nace de la tradición humanista y personalista de la DC: la política debe servir a la persona y al bien común, no reducirse a la pugna entre bloques. Mounier alertaba contra toda idea que redujera al ser humano a una categoría o un instrumento. Esto ha sido siempre clave en la razón de ser de la DC.

Por un largo período fuimos dejando esa responsabilidad al priorizar pactos electorales en los que, mientras nuestros aliados mantenían su identidad, nosotros cedimos la nuestra. Los resultados: en 2017 la DC obtuvo 14 escaños y 10,28% de los votos; en 2021 cayó a 8 diputados y 4,17%; en 2025 mantuvo esos 8 escaños, con una leve alza al 4,24%.

Esa pérdida se hizo visible dos veces. En 2022 la DC se sumó a una propuesta constitucional ajena, rechazada con fuerza (Apruebo 38,14% frente a 61,86% del Rechazo). Tres años después optó por no llevar candidatura presidencial propia —dejando en el camino a Alberto Undurraga— y respaldó a Jeannette Jara, decisión de la Junta Nacional con 63% de los votos, sumándonos a un proyecto guiado en lo esencial por la izquierda y el Partido Comunista. Jara superó a Kast en primera vuelta por 2,93 puntos, pero fue derrotada en segunda vuelta por 58,17% contra 41,83%.

El punto no fue nuestra apertura a los acuerdos, sino que confundimos construirlos con renunciar a nuestros principios. En ambos episodios respaldamos propuestas ajenas en vez de crear una alternativa desde el centro. Así, la DC dejó de ser un actor clave en el rumbo del país, y cuando un partido pierde su propia propuesta, termina participando como invitado en las de otros. Ese es el mayor reto que debemos enfrentar: volver a tener algo propio que darle a Chile.

Pero recuperar una identidad propia no es aislarse. La autonomía política no es soledad: es la libertad de dialogar y defender lo que creemos mejor para el país, sin que nadie decida por nosotros. Luigi Sturzo entendió la democracia como una realidad plural y rechazó tanto el individualismo absoluto como la concentración del poder.

Por eso no toda alianza calza con la DC. No podemos aceptar como socios a quienes representen los extremos o cualquier totalitarismo que niegue la dignidad de la persona, la libertad, el pluralismo o el Estado de derecho. En Centesimus Annus, Juan Pablo II advierte que una democracia sin valores se vuelve con facilidad un totalitarismo visible o encubierto. Nuestro rechazo a los extremos no puede ser selectivo. Esa mirada integral es parte de nuestra idea humanista: la encíclica Laudato si’, del Papa Francisco (2015), la plantea al unir la preocupación por las personas con el cuidado de nuestra casa común.

La autonomía política no es soledad: es la libertad de dialogar y defender lo que creemos mejor para el país, sin que nadie decida por nosotros

Dialogar y pactar no es dejar de ser quienes somos: es negociar sabiendo qué pensamos y qué estamos dispuestos a cambiar. Robert Schuman entendía que la democracia debía servir a las personas. Frente al actual gobierno, la DC debe tener claridad sobre qué defender y qué no ceder, con postura firme cuando estén en juego derechos ganados en democracia o nuestras instituciones, sin trincheras: la DC debe poder sentarse sola y decirle al país qué piensa y qué quiere para Chile.

Vigilar al gobierno no puede ser el horizonte final de nuestra tarea. Nos corresponde defender la democracia e impulsar los cambios que Chile todavía requiere en lo laboral, previsional, en salud, educación y descentralización; limitarnos a auditar arriesga reducir nuestro proyecto político a la sola crítica del Ejecutivo. Debemos crear propuestas propias que muestren que existe otra forma de gobernar, y así convocar a chilenos no representados por los extremos: socialcristianos, humanistas, reformistas, independientes y demócratas.

La DC no necesita buscar su lugar dentro del proyecto de otros: necesita volver a crear un proyecto propio, capaz de convocar y ofrecerle a Chile una alternativa. El momento que vive la DC nos obliga a decidir qué queremos representar: una oposición que defienda la democracia y los derechos sociales, que enfrente los retrocesos cuando haga falta, pero que también proponga, dialogue y logre acuerdos, sin renunciar a sus principios ni usarlos como excusa para no lograrlos.

En definitiva, la DC debe ser autónoma sin ser aislada; dialogante sin subordinada; firme sin sectaria; reformista sin improvisada; capaz de acuerdos sin confundirlos con renunciar a su identidad.

Porque, al final, la pregunta no es con quién queremos estar, sino qué queremos decirle a Chile, y qué estamos listos para hacer por Chile cuando llegue de nuevo el momento de gobernar.

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